El maestro ignorante: el que quiere puede

Excelente lectura.

co.labora.red

“Hace falta una educación que enseñe sin querer enseñar”, afirmaba recientemente en una entrevista el escritor italiano Claudio Magris. “La educación sería más fácil si no creyera estar llena de respuestas… La educación no debe consistir tanto en llenarnos de certezas como en orientar y alimentar nuestras búsquedas. Nada debería ser definitivo, todo debería estar en discusión”, sostiene, por su parte, el colombiano William Ospina en su colección de ensayos “La lámpara mágica”.

Los dos nos recuerdan inmediatamente al pedagogo francés Jacques Jacotot y su método de la Enseñanza Universal. La frase de Magris nos trae a la memoria el  “se puede enseñar lo que no se sabe”, recordándonos la experiencia de este maestro francés exiliado que enseñó a sus alumnos sin explicarles nada y que les mostró su capacidad de aprender por sí mismos. Y lo hizo, tan solo, invitándoles a usar…

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Florence Barbara Seibert, bioquímica

Aniversario de su fallecimiento.

Florence_Barbara_Seibert_(1897-1991)La bioquímica Florence Barbara Seibert (1897-1991) falleció un 23 de agosto.

Obtuvo su doctorado en bioquímica de la Universidad de Yale, donde estudió la inyección intravenosa de proteínas de la leche bajo la dirección del bioquímico Lafayette Mendel: Seibert desarrolló un método para prevenir la contaminación con bacterias de estas proteínas.

Posteriormente, en la Universidad de Chicaco, desarrolló un método para purificar el derivado de la tuberculina bajo la supervisión de Esmond R. Long (1934): este derivado proteico (PPD) se utilizó en la prueba estándar de la tuberculosis. El anterior derivado de la tuberculina –obtenido por Robert Koch– producía falsos negativos en las pruebas de la tuberculosis –debido a impurezas en el material– desde la década de 1890.

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“¡Adiós Papá!” no nos despedimos, ni sobre la obra de Cruz Diez

La tristeza, rabia e impotencia recorren todo mi ser.

Anabel Navarro's blog

Tu heroína anónima que no te pudo ir a abrazar, Anabel Navarro Camero

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Cuando era niña y me sentía mal o no tenía clases me iba con mi papá, José Asunción Navarro, quien trabajaba en el aeropuerto de Maiquetía. “Navarrito” me decían en los pasillos. Que alguna compañera de él me llevara a almorzar “al internacional” era lo máximo; “Burguer King” era la felicidad; y si alguien tomaba el carro y me llevaba a Catia La Mar era otro nivel. Incluso cuando yo era bebé me llevaba en mi cesta, con pañales y teteros, entre sus compañeras de trabajo se turnaban para cuidarme, mi papá y mi mamá trabajaban todo el día. Crecí en los pasillos de colores del maestro Cruz Diez, esos que hoy protagonizan tantas despedidas en Venezuela y tan pocos reencuentros.

Papá era de Los Robles, Isla de Margarita, se fue a La Guaira para “buscar un…

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